Desde muy temprano me siento con el pecho apretado, son síntomas como si tuviera falta de aire; le he echado la culpa al tiempo o a la meteorología, sabiendo que además de esas probabilidades, se suman la ansiedad y el nerviosismo psicosomático de un encuentro previsto con el más allá.
Mis condiciones de investigadora me hacen ser incondicionalmente atrevida y más que eso, atenta y constante en el intento de mi misión. Por primera vez no me interesa el resultado de lo investigado, pues anhelo mucho más que unas conclusiones concluidas o una hipótesis comprobada por una tesis.
Dar riendas sueltas a mis pensamientos y necesidades resumen que me he vuelto un ser profundamente egoísta y creo que me merezco un regaño, más:
¿ Quién soy yo para faltarle el respeto al Universo?
¿ Por qué no me viro de espaldas al mundo y dejo que siga su irremediable curso?
¿ Por qué nací investigadora?
¿ Por qué viajo al punto cero de las cosas?
¿ Por qué no me saturo de conocimientos y siempre quiero saber más?
¿ Por qué el cielo turbio, nublado y gris, descorre su cortina y emerge un azul diferente, nunca visto antes?
Entre hormigas, enanitos, gigantes, personajes ficticios y reales se desenvuelve mi trama; estoy a punto de volverme astróloga, pero engaño a los planetas, preferentemente a Júpiter, que es mi preferido; esta vez no lo admiro!, pues tomo de él su energía positiva y le doy gracias por estar viva.
La luz invade la oscuridad de mi soledad y de repente se cierra el capullo que envuelve a dos seres que han venido de lejos a encontrarse con su YO y con su TÚ y le pregunto con toda franqueza, sin temor a una respuesta absurda o extraterrestre:
¿Cómo se besan los seres de tu planeta?
Tras un minuto de silencio, los astros observan en espera de la respuesta…
Puedo confesarles sin temor a equivocarme, que…
¡¡ME HA BESADO UN HOMBRE!!.
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